POEMA PARA CORNO Y MUJER EN ROJOS
El monstruo no es el poema es quien te habla embozado y pide tu llegada a este astillero calcinado de oráculos salobres, náyade de alguna Venecia, epigrama mujer sobre la córnea del tiempo, réquiem de cornos para un último viaje ungiendo la médula del poema, aurúspice de sonidos rojos, lamia ensombrecida dentro de la nota de algún dios.
La fragua negra del Héspero lleva consigo el gorjeo de los peregrinos, el altar de Citerea ha sido profanado por cinerarios civilizadores, los monstruos metálicos han violentado la tranquilidad de ojos garzos del cansado Júpiter, en las arenas de Naxos reside la corte de un poeta mientras el piloto Palinuro le reclama a la oscura tormenta sus días y sus noches. Prometeo mal encadenado organiza la sublevación de los signos preso del cielo oscuro de sus deseos, cada día una muerte pequeña, la tristeza de mi último hombre entregada a la polvareda de unos ojos que aparecen basiliscos con los primeros toques de diana.
Naces herida de la rabia de Neptuno, ángel con su jersey de agua que tiñes cintas de luz en los ojos blandos de quienes ya fueron leídos por la segadora de minutos. Desde la muerte hablo sin ser ceniza enamorada, pacificado en la ceguera que me permitiste como condena, como beso.
Lo que fue y lo que será, Jano bifronte corre desnudo con su crátera vacía por el campo señalado para la ceremonia ulterior, Vulcano recoge los destrozos en casa de su amada, mientras que el poeta con una brizna de madera seca le extrae sonidos a la nada.
Sobre la ruina de la noche: La hoja en blanco de mañana, el vaso difunto para saciar tu sed, las monedas sueltas que confían financiar alguna huída, la marca de la soga sobre el cuello del poema, el hambre postrero al abrir los ojos para despedirme de ti, que dejas enhiesta en tu marcha la verdad del silencio dentro de un corno patinado por la soledad.
El poeta es un sobreviviente de la palabra, la fumarola de la tarde trae los oscurecidos clamores de una guerra que no se cierra de la mirada
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